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Santiago Montobbio - Una cuestión de luz - por Fco. J. Sancho Mas
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 Article publié le 3 décembre 2017.

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Una vez, en una de esas tardes, frente a un vaso de ron blanco y mucho hielo, la poeta Claribel Alegría (flamante premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana), me dijo en su patio de Managua que los buenos poetas, los que a uno le tocan, se distinguen porque dejan en el subconsciente al menos un verso. Sólo un verso hace falta para que nuestra biblioteca memorística cribe a los buenos de los que no lo eran, y por buenos basta decir los que para nosotros lo fueron.

De ese modo, asociado al nombre del poeta, el verso, como un rezo aprendido, acudirá al subconsciente sin ningún esfuerzo. Así, al escuchar el nombre de Lope de Vega, habrá una voz que nos susurrará sin orden previa : “Esto es amor, quien lo probó lo sabe”, al igual que cuando escuchamos “Bécquer”percibimos un revoloteo de golondrinas : “…pero aquellas que supieron nuestros nombres, esas nunca volverán” ; Miguel Hernández nunca se nos irá del todo “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma” ; Neruda nos hará repetir que “puedo escribir los versos más tristes esta noche” ; o Rubén Darío : “yo soy aquél que ayer no más decía el verso azul y la canción profana” cuando no esté recordándonos que las princesas están tristes. No hay canción pegadiza que sobreviva a esos versos que son como abrojos del camino que se pegan a la ropa del caminante desprevenido. Abrojos se llamó el primer poemario de Darío precisamente. Coincidencia poética la de nombrar al principio y al final a dos poetas de Nicaragua, una tierra (mi segunda patria) a la que Santiago Montobbio está unido por lazos literarios y familiares, un país donde todo el mundo se sospecha que es poeta, o “hijo de pueta”, al decir popular.

Siguiendo la teoría de Claribel, a mí se me quedó un abrojo de Santiago. Un verso para siempre que me surge siempre que abro un nuevo libro de él. Una marca poética como el dariano “el yo soy aquél”. En el caso de Santiago, digo, su verso para mí, y para siempre, será : “El mar está al final de algunos niños”.

Quizá se deba a que en ese verso se contiene el rumor de las olas en la orilla y la algarabía de los niños. Y también, por qué no, hasta un niño solo en la playa de la Costa Brava, preñado por la melancolía, un destino que asume y lo lleva no hacia la tristeza sino hacia la poesía. Sin rechistar, tranquilamente, un destino de ausencias para cantar en atardeceres, de soledad en las noches, y de cafés llenos de esperanza.

La historia caprichosa de la Literatura dirá si la obra de Montobbio sobrevive al tiempo de esos atardeceres, pero ya no hay duda que con la última obra publicada en la colección de El Bardo (Libros de la Frontera), La antigua luz de la poesía, el poeta barcelonés ya suma un corpus poético significativo y muy importante.

 

Madre poesía.

Santiago abre su crónica sentimental poética desde un aeropuerto a la espera de su vuelo a Holanda y aún tiene el susto en el cuerpo.

Sin pudor, a pecho abierto, como se escribe de verdad, vuelve a revelar sus viejos ritos y costumbres, y también sus miedos. El de la muerte, el de la soledad y el desamor. Ahora el susto se lo dio la madre, tan presente y unida a su vida y su poesía. Así que este hombrón, de gesto a veces circunspecto, acaba de arrodillarse y rezar mil veces para que la salud de la madre se recupere. Podría haberse titulado nuevamente “Días de hospital”, pero el elegido para los primeros poemas del libro, “Días de Holanda”, son más acertados porque Montobbio busca la vida, y la vida es el alta hospitalaria de la madre y el poder irse a Holanda a presentar sus poemas. Es decir, ese futuro inmediato, es el poder hacer mañana lo que estaba previsto y recorrer camino. No en vano, Gil de Biedma dijo aquello de que “quizá, quizá, tienen razón los días laborables”.

Y ya en Holanda, de nuevo ese flujo de sentimientos que es la poesía sencilla, nítida y honda de Santiago. Vuelve a sus temas de siempre pero con el caudal de nuevos afluentes a su poema río, un concepto acuñado por otro gran poeta nicaragüense José Coronel Urtecho.

 

La libreta

Así como muchos otros llevan las pastillas en el bolso, o incluso en el monedero, para los ataques de ansiedad o los del corazón, Santiago lleva una libreta. En cuanto siente la tristeza o la pulsión de la vida o la imposible recepción de una belleza inusitada (esto es un atardecer, un paisaje visto a través de la ventanilla, un café que se calienta, el hogar…) acude a una libreta, y hasta el objeto tiene la historia que le une a otros mundos, como a una sobrina que se la trajo del Perú. Santiago empieza a escribir sobre la belleza vista con el rabillo del ojo, como si fuera furtiva y piensa si al escribir se está perdiendo esa misma belleza. Si se dedicara a contemplar, no lo escribiría. Se quedaría herido por la belleza y él es un autor obligado al corazón, a escribir sin más, tenga o no libreta a mano, cuando el corazón lo dicta. Es su apuesta radical sin concesiones ni correcciones, a sabiendas de la pérdida.

 

Primera y Única escritura

Sin complejos y retando los límites de lo recomendable y el pudor, Montobbio asegura que no corrige ni una coma. En prosa, hay un autor, que en realidad es poeta, el rumano Cartarescu, que asegura lo mismo. Asegura que envía a su editor el manuscrito original tal como queda. Los que conocemos a Montobbio bromeamos con él sobre este tema del que siempre se defiende diciendo que hay testigos.

Pero no hace falta. En sus versos vemos no la precipitación sino la necesidad de reflejar el momento. La tristeza que empieza a herir, el vértigo por el fin, y de pronto la alegría. Es un sube y baja que se aferra a las pequeñas cosas. Y sin embargo, en su escritura hay una sofisticación que se aleja de lo escrito con premura. En ocasiones la originalidad técnica que encabalga y unifica (amado con amada) el poema y el poeta, como si uno se transformase en otro. Así en “Adiós, Se Acaba La Libreta Regalada” : “Y al volver, otra vez sentir algún / poema, alguno venir y escribir / al llegar a casa”.

Originalidad también en la manera de reivindicación de lo sencillo, de la necesidad de escribir, porque como nos dijo otras veces, y nos vuelve a decir ahora, escribir le salvó la vida. Pero escribir de qué. Quizá las cosas, otra vez Gil de Biedma, sean escasas a propósito. En Santiago lo pequeño, lo sencillo, se vuelve materia poética y luminosa : “Tomar un café/ junto a mi madre y escribir en una libreta de viaje / algunos poemas es el signo más claro que conozco de sentir y decirme que estoy vivo”.

 

Poesía de cancionero :

En muchos momentos, la poesía de Santiago se vuelve una mirada constante, a veces directa y a veces de soslayo al amor no correspondido, esa herida que se desangra por libros y libros de toda su poesía. A ese amor al que Santiago ha sido fiel durante toda su escritura le debemos este poeta.

Montobbio enlaza poemas de la noche a la mañana entre el gozo y la melancolía, construyendo (y aquí tenemos la última prueba en su último libro) uno de los monumentos poéticos de amor ausente más impresionantes. En ocasiones, el poeta se nos sirve como un corazón palpitando en manos del cirujano que va a trasplantarlo. Petrarca, el gran maestro de cancioneros, recordando al mito, también escribió : “Ésta, cuyo mirar roba las almas, /cogió mi corazón entre sus manos / diciéndome : “No digas nada de esto”. C. XXIII. (Questa che col mirar glianimifura,/m’aperseilpetto, e ‘l cor prese con mano,/ dicendo a me : Di ciò no far parola).

Pero Santiago no puede quedarse hecho una piedra y guardar silencio. Para seguir vivo, la poesía le surge a borbotones y se continúa escribiendo en él aunque sea para dolerse del rechazo y para percibir en las mínimas cosas la grandeza de la vida. No es de extrañar que haya llamado la atención de compositores y músicos como Ofilio Picón con quién recientemente trabajó en un disco con sus versos.

 

El olvido que seremos y el hogar de la luz.

El escritor colombiano H. Abad Faciolince eligió como título de sus memorias, precisamente un verso de Borges : El olvido que seremos. Montobbio parece apuntar al mismo olvido en este libro cuando incide y reincide en el tema de la noche y el final y lo que quede después. Piensa el poeta que ya sin palabras y sin nombre, el hombre sólo será olvido, como deja explícito en su poema “La Noche Oscura”, pero bien sabemos por San Juan de la Cruz y de nuevo por Montobbio que la noche, aun siendo olvido, es necesaria introspección para dejarse guiar hacia una luz antigua que todos llevamos en los genes.

Y de nuevo Guillén, y las noches y el fin, y el fin del fin que no se sabe cuándo llega y la duda de si el poema materializa deseos o conjura desgracias. Y de nuevo la madre (en realidad este libro es un canto de amor a la madre), y al café y a la vida en fin. Y un tema que apunta de nuevo mucho más explícitamente que en libros anteriores, la sensación de hogar que Santiago siente en toda Europa, ya sea en Holanda o en el Mediterráneo.

Y de nuevo Seferis, y sus Tres poemas secretos : “en el fondo, soy una cuestión de luz”. La luz, la antigua luz de la poesía es verdaderamente el hogar de este poeta mediterráneo cuyas andanzas deseo que se llenen de más luz y más poesía. Porque de vida y de amor, aquí rebosa.

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