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H (cuento)
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 Article publié le 21 octobre 2018.

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Sin saber por qué me detengo en YouTube, estoy buscando a cantante que no me acuerdo nombre en este momento. De sopetón me detengo en Shakira cantando hay amores. En el video pasan fragmentos de la película el amor en los tiempos del cólera.

Me veo con mis 17 años montada a caballo, alguien trata de alcanzarme a galope, aminoro paso del animal, los hocicos rayan línea de frontera. -Hola- escucho. Nos Vemos. Quieres sentarte en la tierra, allá en ese verdor.

Asiento con movimiento de cabeza. Se apea. Me ayuda. Entrega las bestias al empleado de la hacienda. Caminamos, Cómo te llamas, Carmen, nos estamos sentando, y tú. H, bromea, su sonrisa me la trago. Me deletrea en la oreja, nombre, apellido paterno y apellido materno.

Sus ojos cafés, pelo ensortijado, mentón y quijada esculpida. Tan alto. Despiadada belleza simple se me pega. No sé como quitarme a ese llanero solitario tan frontal.

Se acuesta entre la hierba, -verás como sientes el cielo encima de ti si te pones como yo-, me invita a que lo siga. Torozón en la garganta, siento que los cachetes me queman, que los poros del rostro me duelen, empiezo a sudar.

Cuelga sol a punto de ahorcarse en atardecer.

Éramos dos desencajados. ¿Qué hacíamos allí ? Mi padre fue por trabajo, y me le colé para pasear. H, tenía pinta de escultura inalcanzable, no, de retrato, tampoco, de artista de película, quizás, como de ese que arrastraba siempre el ataúd, que dentro estaba la metralleta. Si, más calza con él. Cómo se llamaba este actor. Ah, ya, lo tengo, Clint Eastwood.

¿Qué extrovertida fui ?

Allí, en ese lugar estaban reunidos los ricos, banqueros, y empleados con sus firmas, haciendo negocios, promesas de cambio, acordando tasas de interés, dejándose entrever como dueños, como patriarcas de la moneda devaluada del sucre, la inflan, la desinflan, le dan de baja, la rotan. La compraventa del dólar y las casas de cambio. Tazar cálculos. Gentleman con sus plumas brillando poder en el puño y papeles a sellar.

La sombra de los árboles parece tarántula acercándose a Sansón, el chico está a lado mío, será solamente flas, sin enamoramiento, sin huella, sin dos dentro de ambos. Sin forma eso que ninguno de los pudimos abrir por carencia de curiosidad al cariño, por falta de fuerza para salir del crucigrama del amo de la infancia. Por falta ortográfica en el contacto con el ser, por falla sin componte de mandar a la mierda al superyó.

Marca en mí inicio de insumisión al silencio de ella.

En esa edad se me había dado por andar con el pelo recontra corto. Fue mi primer acto de rebeldía para no volverme hacer nunca más la toca. Estaba hasta la coronilla de tener que estirarme los cabellos para que parezcan planchados.

Muy claro, me dijo, despaciosamente, -No estas obligada a hacer lo que no quieras, nunca-, respiro extraño, no es asma, no es alergia, -sabes, soy aviador-, me salpica corazón, me retumba como aullido de caracol. - ¿Quieres darte un paseo allá arriba ? - señala con la punta de su dedo las nubes, la curvatura del cielo.

-Te has subido en avioneta alguna vez ? -, no, jamás. -Listo- Fija fecha, no salgo sola nunca a ninguna parte, peor, andar con alguien que no conozco, me hecha carcajada encima, se pone serio, dejo de preocupado. Recién nos estamos viendo, no sé quién eres. Cuántos años tienes, -estira el tórax, los hombros crecen, pone voz ronca, tengo 23-, ¿y ya piloteas ?

El tiempo acampa en esa cercanía tan lejana. Escozor del silencio en ambos. Se sienta de golge, está a milímetros de mí. Me ve como nunca he sido mirada. Lo recuerdo nítido. Solo los dos. Uno a ella. Él a una.

Interrumpe mi padre y mi hermano, nos vamos. Él me da un número, me pide el mío, mi desmemoria es fatal, le muevo las manos, los dedos se turban, al emparejar serie de par de impar, me repite esas ordinarias cifras del teléfono con números en la rosca con los agujeritos, se me escapan como pelotitas de aire en sorteo. No le importa la presencia de ese par de prepotentes, metiches, si no estoy haciendo nada malo.

Ni que me fuera a raptar. Están con las manos en las cinturas, prestos a recusar contra mí. Habrase visto salvaguardándome del peligro a pleno vista de los demás. Desconfiados. El casi que me implora, -me llamas, por favor-, me repitió, -no lo olvides-.

Voy casi que empujada. Así será la nada hollando tentación del velo del verbo en rato sin ni siquiera dos manos juntas trazando un pacto de volver. Me doy la vuelta, se va convirtiendo como un punto en el horizonte.

Mi dislexia, afasia y desgracia disgrafia descolocan números para siempre. Busqué en la guía de páginas amarillas y blancas. Había tantos nombres y apellidos como el que me susurró. Marqué algunos, hasta que me di casi vencida. De vez en cuando en mi deambular buscaba chocar con él. Hallarlo. Insensato impulso sin deriva.

Hasta me dijo dónde trabajaba, me dio la dirección. ¿Él habrá hecho algo para contactarme ? A estas alturas el recuerdo se vacía en tumba del pasado. Socavar en eso de a lo mejor sí o tal vez, queda fuera de lugar. Es “irrelevante” ese tiempo extraviado o congelado por dos protagonistas sin argumento. Sin relato. 

Dejo que la torre de fantasía se diluya en el cada quién como agua de mar en castillos de arena de una infancia desprendiéndose del cuento. La lucha es a favor y en contra de uno. La cera que sostenía la llama era mecha apagada.

Evoco la certeza de lo que nunca fue. Epifanía ir más allá de la borrascosa emoción. El atenuante a ese adolecer fue sentencia, no éramos. Uno para el otro sin sombra. Yo estaba saliendo del cascarón. La fantasía tiene que aterrizar.

Una menor de edad no sabe del motín del cuerpo aún.

Averiguo dentro de mí ese episodio. Lo revelo. Le hago una foto inconsecuente. Un dibujo roto para que no se convierta en fantasma amenazante. No me intimido con la mordacidad del reflejo del paisaje de una chica con un chico sentados en césped con fondos de árboles, resplandor de luces silueteándonos.

Hoy lo busco. Esa letra, esos contenidos de la canción, me mandan directo a Google, pongo su nombre y apellidos completos. Leo. Obituarios. Cremación. Parque de la paz. Día tal, mes ese, año este. Releo. Me entra la intriga, cómo a sus 66 años, todavía tan hermoso como el primer día se lo zampa la guadaña. Invado su intimidad, averiguo por otros medios, qué mismo lo mató. Cáncer dice un cercano en periódico.

A HACHE lo tocó la puta célula esa.

-Hago duelo en la cripta del dolor-

¿Se habrá acordado alguna vez de mí ?

Ayer nunca fuimos.

Aparto orificio de soledad sin interlocutor. Lo rastreé unas pocas veces, intensas como manía, hasta compulsivas en 1975. Esa imagen fija e intermitente se apagó drásticamente sin pizca de tragedia.

Después de 43 años, encontré algo, casado, abuelo juguetón, feliz bajo gigante árbol. Hecho, derecho en su póstuma aparición y desaparición. Dejo encima de trozo de cuarzo un caracolillo como la única muda de la letra H. En ese agujerito el sonido del mar como un resto de yerba. Del hombre que conocí en 10 o 15 minutos o más en ese espejear del recordar se inicia insensatez o contradecir a la obediencia.

Impongo desacato del ir más allá de mí.

¿Dónde uno se encuentra en ese momento ?

Despego página del cierre de búsqueda en temporada de intemperie en comunión sin puente.

Desprendo tristeza contenida.

Lloro por dos sin nosotros.

Sin nada más a datar de mi lado.

Cierro la ventana a esa jovencita.

Tan sola como recuerdo y lápida sin inscripción.

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