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Poemas (article de Manuel Ruano)
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 Article publié le 14 septembre 2004.

oOo

E l v i o R o m e r o
(Paraguay, 1926-2004)

El 20 de mayo moría en Buenos Aires el más grande poeta paraguayo actual. Había nacido en Yegras, pueblo rural. Exiliado en Argentina durante la dictadura del general Stroessner, fue lector de editora Losada y, desde 1995, agregado cultural en la embajada de Paraguay. Desde la década de los sesenta mantuvimos una fervorosa amistad. Poeta y luchador incansable de las causas populares latinoamericanas, intervino en congresos y eventos por la integración de América latina. En 1986 tuvimos la oportunidad de encontrarlo en el Perú, asistiendo a la convocatoria del Consejo para la Integración Cultural de Latinoamérica. En nuestra Poesía nueva latinoamericana (Ed. El Gallinazo, Lima, 1981), señalábamos : "Su lineamiento lírico, es una evocación constante a lo telúrico, y a lo social. El aspecto rural y los padecimientos del hombre de campo, aparecen ya como estremecimiento ante la idea del mañana o como insulto dramático del presente. La tierra paraguaya de donde procede el poeta, está entrañablemente viva en sus libros. Podría situárselo entre los neorrománticos americanos y los españoles de la generación del 27." Su obra había sido elogiada por Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Gabriela Mistral, Rafael Alberti, Miguel Angel Asturias. Uno de sus libros más celebrados, sin duda, fue Días roturados (1948), al que siguieron : Resoles áridos (1950), Despiertan las fogatas (1953), Esta guitarra dura (1961), El sol bajo las raíces (1955), De cara al corazón (1961), Un relámpago herido (1967) , Los innombrables (1970), entre otros. También había publicado un volumen de ensayos : El poeta y sus encrucijadas. Su desaparición, nos consterna a todos los latinoamericanos que desde siempre admirábamos su poesía y su dignidad de poeta íntegro, batallador, universal...

Manuel RUANO

C A R T A

Te escribiré mi amor, desde un sonido
 de tierra apretujada,
desde un hondón, de pie, desde un frondoso
 confín de llamaradas,
desde donde sus pétalos la Rosa
 de los vientos deslava ;
de allá te escribiré, a la luz profunda
 de una estrella lejana,
desde donde me encuentres y no me encuentres
 buscándome en el mapa,
te escribiré de asuntos de entereza
al punto fijo en que despunta el alba.
 
Desde el clamor del mar o de la tierra
 te escribiré esta carta.
 
Desde el instante en que te supe hermosa
 te escribiré esta carta.
Desde el sesgo de luz de tu sonrisa
 te escribiré esta carta.
 
Te escribiré mi amor, desde la arena
removida en resguardo de la llama ;
lejos de ti te escribiré, bañada
de sudor y esperando una batalla,
vestido de hojas y de estrellas verdes,
de monte oscuro y de llanura parda,
desde un cambio de sombra en la vigilia
 te escribiré esta carta.
 
Desde el desvelo de los hombres bravos
 te escribiré esta carta.
 
Te escribiré también desde la espera
y el anhelo mayor de la mirada ;
lejos de ti te escribiré, tan lejos
que aproxime tu afán largas distancias,
desde el ruedo de sombras de una hoguera,
desde un sendero de cruzadas ramas,
desde un sol de acechanza y de una noche
que abriendo el puño alumbre las guitarras,
te escribiré desde el albor de un niño
 de lluvia desdoblada.
 
¡Desde un vivac de imperativa lumbre,
 te escribiré esta carta !
 


C I N T U R A

El arco en desazón de tu cintura
cimbreó su tallo en fresco movimiento,
como si todo el soplo de tu aliento
no cupiese en la red de su envoltura.
 
La quemazón del lecho y su blancura,
sintió agitarse ese temblor violento
de tu cuerpo sembrado por el viento
con que ensayé sellar mi quemadura.
 
¡Oh, firmamento abrasador, sencilla-
mente ofrecer y asir soles profundos
al frutecer la sangre en el relente !
 
¡Y dar y recibir dones fecundos,
como un surco acogiendo la semilla
feraz y fértil en su mes ferviente !
 


C A S A C A U T I V A

Esta es la casa ; es nuestra.
Esta es su música ; las exigencias todas
de la vida pasaron por sus habitaciones, por el ascua
quemante de sus fronteras ; la locura de quienes emprendieron
una empresa más ancha que sus fuerzas, el sueño
que los fue desgarrando, esa sal escogida
que salpicó las llagas de su vasto martirio.
 
Es nuestra. Aquí resuenan
músicas melancólicas, instrumentos que exaltan
querencias y alegrías. Le pertenecen la quietud antigua
y los hechos sangrientos. Sus ríos, los espejos, recogieron despojos
de injuria y desventura (por eso es esta música) ; obsedieron
a sus hijos colores de aturdidos relámpagos, sus manos
apresaron los frutos de una infausta cosecha.
Su música es así. Descansa ahora
en un boreal tembladeral de pájaros, de plumas
amarillas, de crucifijos deslavados, rotos. Y es hora
de preguntarse ¿qué trajimos
para ungirla a un estado de habitación del hombre ;
se habrá sentido, como cal viva en los ojos, la tribulación
de su destino ? ¿Qué tembloroso cántaro
amasamos, qué súplica o trastorno,
qué empeño y asechanza para evitar la herida
de su piel, esa absorta mirada de sus ojos terribles
como una acusación ? ¿Habremos, pues, cumplido
con el deber que hiciese merecer habitarla ?
 
Es nuestra. Esta es su música. ¿Qué rencores oscuros
le habrán tejido esa circunferencia,
el halo que empurpura sus techumbres ? ¿La enemistad
como un osario vano entre sus hijos ? ¿El desconsuelo
de las cruces plantadas en su sueño y la obliga
a prosternarse a solas junto a su sombra rota,
a la intemperie, al umbral del orgullo que vela su infortunio ?
 
A saco habrán entrado
en ella los Impuros, los cómplices
del ritual del crimen ; habrán entrado a saco
con miserables máscaras que engendra la codicia ;
habrán marcado un día trágico por sus muros.
trágico de fatalidad, espúreo
como el inicuo cuervo sobre el árbol desierto
en cuya raíz de hueso reposan los desnudos.
Su música es así, una cifra
de dulce acento humano, un anuncio
previo de acusación anudado a la rueda del destino
y al párpado de los muertos, melodía incesante en el desgaste
del desierto cubil, sonido desgajado
de un instrumento oscuro con imagen de reja y cautiverio.
 
Todo saldrá de aquí, de su piedra
y su polvo, de su migaja el pan, de su venero
verde la cosecha, de las estancias tristes la temblorosa noche
de la revelación y los rebeldes ;
de aquí la sangre, el fuego, de los cuencos vacíos la mirada
final y salvadora, como un amor que brota
de madrigueras hondas de escarnio y menosprecio.
 
No habrá ya que olvidar decir su nombre
de música y quejumbre, ese nombre de selvas que prohijó
 nacimientos,
muertes, inmolaciones, sea amarga sobre los labios,
del hombre ; nombrarla en trance
marcarla a hierro lento en nuestros huesos ;
a cada instante repetir su nombre (como triunfo o condena)
mentar esas señales remontadas a tiempos
de arcilla fatigada, de plumajes y tribus destruidas,
nombrarla siempre,
morder su nombre de sol inevitable
(como virtud o pecado), llevar su nombre en la carne
como esta lleva su corrupción, seguir nombrándola
y desvestirla toda con el rebozo intacto
de esa música dulce, inmemorial, desamparada música de un
 anhelo insaciable.
 

(Papeles de la escritura perdida de la América ignota Nro.15- Director : Manuel Ruano)
 

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