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Los trenes de colores
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 Article publié le 13 juin 2017.

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La cadena alimenticia se había roto, grandes extensiones de tierras se secaron sin lluvia, sin agua, el ganado caído sobre piedras y zanjas agonizaba de hambre, B.C., era una sábana cubierta de esqueletos jóvenes, adultos y viejos.

A la sombra ardiente, entre las ruinas de una hacienda antigua, un renco “pata de palo” y tuerto emborrachaba a su propio caballo con chicha de maíz podrido, los dos envejecidos morían de tristeza.

La tarde apretó sus sueños, ni pájaros ni árboles, la soledad de la muerte viajaba en el viento. Yermo y despoblado el caserío de paredes de adobe y paja, agotado de energías y esperanzas, desolado y en ruinas, era un espectro, los últimos habitantes habían migrado en busca de mejores condiciones de vida, el camino era largo y difícil, polvoriento lleno de hondonadas, de escollos y peñascos. La noche soltó una línea roja y extraña como un cometa que caía sobre la oscuridad de relámpagos destellantes que rasgaban el misterio de las horas.

La mañana siguiente cuando todavía el albano despuntaba, apareció una nave extraña sobre las aguas del caudaloso río Mamoré cargada de seres amarillos de ojos rasgados, era una embarcación enorme que siguió su ruta aguas abajo como si trazara un gran arco hasta llegar al Amazonas.

Se unía el continente verde a las sombras de los pueblos abandonados, de la embarcación salieron cientos de hombrecillos y llegaron a Guayaramerín, entre astilleros, árboles de caucho, castañas ipecacuanas. Sobre estas selvas sudamericanas construían la vía férrea Madeira-Mamoré. Pero todo fue inútil, el hambre y la sequía en otros territorios caminaban más deprisa que los anhelos frustrados de muchas comunidades y la muerte se hacía cada vez más grande ante la impotencia de sus habitantes, especialmente en el altiplano de los Andes de donde partió aquel grupo de seres hambrientos y solitarios que estallaban ante su impotencia.

En el hueco de un árbol carcomido por el tiempo, que es conocido como árbol de piedra, roca esculpida por el viento en la puna, al amanecer cuando la aurora apenas rasgaba las primeras líneas azules del día, un niño famélico de apenas diez años dormía de hambre. En su profundo sueño dos lágrimas delgadas allende sus ojos, su rostro era de color cobrizo, tostado por el sol y terroso ; su mente viajaba y aparecían frente a él muchas imágenes vivientes, algunas de sus juegos de infancia.

Ante el asombro del niño, un largo tren rojo, lleno de luces, conducido por los pequeños personajes amarillos, viajaba lentamente de norte a sur movido por una locomotora de vapor sin usar carbón y leños de madera, su combustible eran piedras calientes y los vagones de cristal de cuarzo transparente permitían ver su hermoso contenido ; tocando su pito llegó cargado de frutas : manzanas, melocotones, peras, albaricoques, naranjas, mandarinas, toronjas, uvas, tunas, bananos, melones, sandías, chirimoya y toda clase de especies frutales. El tren se detuvo frente al árbol y descargó sus bellos y jugosos contenidos. El altiplano desértico se llenó misteriosamente de pobladores hambrientos que aparecían de las grietas y de las cañadas secas de la tierra, era una región tan árida que ni los insectos lograban sobrevivir.

Hombres, mujeres y niños extendían sus manos temblorosas, tomaban todo lo que querían y se alimentaban desesperadamente como seres sombras que volvían a la vida, unas cuantas gaviotas y otras aves de rapiña aparecieron bajo el cielo gris escudriñando aquel extraño movimiento que nadie había visto.

El niño corriente de los vagones animando a otros niños como el líder de sus sueños, los rostros se reflejaban en los vidrios llenos de asombro por el acontecimiento, todos compartían y cantaban de alegría como si fuera el último día de sus pequeñas existencias.

Una hora más tarde, se descubrió en el horizonte un tren blanco, también de vidrios transparentes, con mayor velocidad que la anterior, cargado de agua, miel, azúcar, sal y pescados en cisternas y vagones especiales y se detuvo detrás del tren rojo. Aparecieron hombres y mujeres con jícaras tazones y vasijas para proveerse de estos valiosos cargamentos. De los rostros humanos empezaban a desaparecer las arrugas y la tristeza. 20 cisternas de agua fueron vaciadas en las acequias y la mitad de los pescados que estaban vivos fueron depositados en ellas. Era muy grande y tumultuoso el movimiento, el niño seguía corriendo entusiasmados bebiendo agua y comiendo miel con sus débitos morados por el frío.

Dos horas después un tren verde sonaba su pito y llegaba con una enorme carga de trigo, quinua, maíz, verduras, plantas y árboles de todas las especies que fueron plantados en el campo, entonces se desató un viento de lluvia que humedeció todo el altiplano. De los cactus empezaron a brotar flores rojas y los árboles dieron su sombra fresca a las tierras de lumbre de polvo. El niño se llevó dos de los pequeños árboles, uno cargado de ciruelos que plantó en la tumba abandonada de sus padres y otro llamado sauce llorón que depositó al pie del árbol donde él descansaba.

A las tres horas un tren azul tomaba una vía alterna y descargaba atrás del árbol todo tipo de animales para crianza y alimento y también aves de hermoso plumaje. Los habitantes se movían con ingenio y rapidez, animales iban, animales venían, el pueblo comía, comía y comía y al mismo tiempo cuidaba y atendía a los animales de crianza y disfrutaba de las bellas aves, algunas volaban otras eran de tierra.

En este poco tiempo la región se había transformado totalmente, el cielo se llenó de nubes y el sol brillaba intensamente sobre una zona todavía desarbolada, pero con muchas esperanzas de un nuevo florecimiento. Un río empezó a abrirse paso entre rocas y piedras en la falda de una montaña que había perdido su nieve llevaba sus aguas mojando todo a su paso.

Los trenes no se movían de su lugar, salvo para hacer movimientos de reacomodo. Lo maravilloso era que los pobladores empezaron a usar los trenes, ya desocupados, como viviendas, los hombres y mujeres más viejos fueron instalados por los personajes amarillos que conducían los ferrocarriles en los ciento cincuenta vagones del tren rojo, por ser el más caliente y cómodo. Todavía dejaron suficientes frutas en muchos espacios para alimentos durante treinta días.

En los 300 vagones del tren blanco fueron instaladas las familias con los niños más pequeños acompañados de sus papás. Disfrutaban la miel, el agua y el azúcar.

En el tren verde colocaron en 150 vagones a los hombres solteros, entre los que había muchos jóvenes, eran muy trabajadores para cultivar el campo y plantar árboles.

En el tren azul ubicaron en 200 vagones a las mujeres jóvenes que se dedicaban a las artesanías y a cuidar los animales.

En cada tren instalaron un pequeño servicio médico y una escuelita. Todos los vagones estaban adornados de flores.

Seguramente en la mente infantil del niño que dormía en el árbol, se agitaban todavía los recuerdos del primer y único regalo que había recibido de sus padres, ya difuntos, un trenecito de madera y de colores que formaba parte de todos los juegos más hermosos de su edad.

Viajó por muchos pequeños mundos en ese tren lleno de sueños, en sus vagones también cargaba a sus animalitos, cargaba sus esperanzas, su suerte su porvenir. Conoció lugares donde habitaron algunos de sus ancestros, la laguna verde con sus hermosos volcanes Juriques y Licancabur ; la laguna colorada, cuyo color se debe a las algas dominantes ; el sagrado lago Titicaca, tierra de los antiguos urus ; el lago Poopó ; el hermoso Salar de Uyumi y el Salar de Coipasa.

Anhelaba poder visitar un día las grandes ciudades de su país que no conocía pero que imaginaba pobladas de edificios y transitadas por bulliciosos habitantes sin rostro.

Así son los sueños de la vida y especialmente los de la infancia, luminosos y radiantes como el cielo, bajo el que cabalgan nuevos seres sobre potros blancos que remontan las colinas, todavía húmedas por la lluvia de la madrugada y el olor del campo florecido entre la escarcha y la tenue neblina.

Los padres del niño eran campesinos pobres de esas lejanas regiones del altiplano, acostumbrados a monótonos y fríos espacios abiertos a más de 4000 m de altura. En otros tiempos habían conocido las vicuñas, alpacas, llamas, wanacos y zorros ; felinos como el puma y el gato montés y aves de gran vuelo como el cóndor, el águila y el halcón.

Los nevados Cerro negra muerta y cerró apagado de elevadas alturas fueron testigos de sus últimos alientos. Ya en la extrema pobreza, una noche agonizar un juntos abrazados a la desesperanza dejando al niño huérfano con un pequeño puñado de chuño -Papa deshidratada-para que se alimentara los días que alcanzara. En esas regiones acostumbraban conservar y almacenar las papas deshidratadas durante largas temporadas.

A las cuatro horas llegó un tren negro con un solo vagón lleno de cirios encendidos, de mariposas, colibríes, gorriones y flores blancas y se llevó al

niño del árbol, se fue con el ch’amakani “el dueño de la oscuridad” para viajar por otros destinos misteriosos.

Ahora, la Pachamama, la madre tierra, preñada en su agonía para ir a nuevas geografías con trenes de colores, los cóndores volarán libres bajo un nuevo cielo lleno de estrellas ; dolores y sufrimientos quedarán sepultados, la vida renacerá con nuevas esperanzas, el tren negro no volverá por estos caminos de luz.


Del libro : EL HOMBRE, HILO DELGADO DE LA HISTORIA (2015)
Un beso como un himno poético de Pushkin

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